Reunión de Medio Año





 

 
60 Asamblea General de la SIP .
Antigua, Guatemala,
22 - 26 de octubre 2004


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LA PRENSA LIBRE ES SUSTENTO BASICO DE TODAS LAS LIBERTADES
LX Asamblea General Sociedad Interamericana de Prensa. Antigua, Guatemala
25 de octubre de 2004.

Discurso de Oscar Arias Sánchez.

La libertad de prensa es un derecho consagrado... esa Iibertad es una de las que a la Nación más honran y, andando el tiempo, de las que mas habrán de aprovecharle.
Dr. José María Castro Madriz, ex presidente de Costa Rica, 1842

Amigas y amigos:

Agradezco profundamente a los directores de la Sociedad Interamericana de Prensa por haberme invitado a participar en esta Asamblea General. Mal haría si intentara ante ustedes una prolongada disertación sobre el desarrollo de los medios de comunicación de masas en Costa Rica, o en Centroamérica, o en el resto del mundo. Seria para ustedes una pérdida de tiempo, pues, honestamente, lo único que yo podría ofrecerles sobre el tema sería la imagen de un lobo ladrándole a cien lunas. Prefiero, desde la perspectiva de un político que no renuncia a luchar por la libertad, la paz y la democracia, aprovechar la generosa cortesía de mis distinguidos anfitriones para hablarles sobre la responsabilidad y la función de los periodistas y de los medios de comunicación frente al fenómeno de la violencia, de la lucha contra la corrupción y de la Iibertad de prensa.

Cuando ocupé la Presidencia de Costa Rica, y particularmente en relación con el proceso de pacificación y democratización de Centroamérica, fui testigo del enorme efecto que puede llegar a ejercer la prensa sobre los acontecimientos humanos. Entiéndase bien, no se trata de la capacidad para informar sobre esos acontecimientos, sino de un verdadero poder que Ie permite a la prensa influir en su rumbo.

Puedo afirmar que la prensa internacional actuó con responsabilidad en aquellos momentos, y que el odio y la intolerancia también cobraron su cuota de sangre a los periodistas. Sentí mucho pesar por el gran número de mujeres y hombres de la prensa que sufrieron cárcel, tortura y hasta perdieron la vida en el cumplimiento del deber de informar y, no pocas veces, por haber actuado en defensa de 10 que creyeron justo, o por haber denunciado crímenes y atropellos.

Que la violencia se proyecte contra el periodista y contra la libertad de prensa es grave para la democracia. Pero no debemos engañarnos en cuanto a las dimensiones que alcanza la infección de nuestra cultura con la enfermedad de la violencia. Sus peligros y sus amenazas no gravitan únicamente sobre los periodistas. Ser periodista es, en nuestro continente, ciertamente peligroso. Mas quien sabe, si en nuestro tiempo, no es mas peligroso ser niño.

No exagero. La intolerancia, la desconfianza, el miedo y el odio se han infiltrado en los entresijos sociales de nuestro continente. La violencia que nos carcome procede de fuentes que, en muchos casos, intentamos no reconocer. Hace poco recibí la impactante nueva de que, desde 1979, solamente en Estados Unidos han muerto, por heridas de bala, mas de 50,000 niños. Esos niños murieron en sus hogares, en sus escuelas y en sus vecindarios, por accidente o por acción deliberada de sus familiares, sus condiscípulos o sus amigos. Esos infanticidios por acción o por descuido suman más que el número de soldados estadounidenses muertos en combate en la guerra de Vietnam. Esos infanticidios ocurrieron -y siguen ocurriendo- porque los niños y las niñas de este continente son obligados a nacer, a vivir y a educarse en un ambiente que permite, y prácticamente exige, tener en cada hogar por 10 menos un arma de fuego.

No sabemos a ciencia cierta cuántos niños nicaragüenses, salvadoreños o guatemaltecos crecieron, no en medio de juguetes, de libros y de maestros, sino en los campos de entrenamiento y en los campos de batalla, cargando sobre sus hombros y disparando armas de fuego en medio de adultos que, como ellos, sólo aprendieron a matar. Sabemos que fueron muchos los niños soldados, que muchos de ellos murieron cuando aún no habían aprendido a jugar ni a leer, y que los demás vieron llegar la paz cuando ya se habían convertido en adultos sin futuro. Es, en verdad, sumamente peligroso ser niño en estas tierras del continente americano.

Permítanme decir que no subestimo la monumental complejidad del problema de la violencia. Pero eso no debe intimidarnos. No hacer nada por resolverlo es la mejor manera de empeorar las cosas. Estoy familiarizado con la observación de que la magnitud de los medios para afrontar un problema debe ser conmensurable con la magnitud misma del problema. Es una observación razonable, pero, llevada a sus últimas consecuencias, nos conduciría, como a los adultos de EI Principito de Antoine de Saint-Exupery, a no distinguir un sombrero de una boa satisfecha. Debemos ser realistas, es cierto, pero también debemos reconocer que la humanidad sería aún una especie arbórea si sus individuos nunca hubieran practicado la arrogante presunción de Arquímedes: "dadme un punto de apoyo". EI esfuerzo individual de cada uno de nosotros cuenta, por muy insignificante que se vea frente a los retos.

La difusión de lo que llamamos la cultura de la violencia es probablemente el efecto sinérgico de muchos factores. Entre ellos, la incitación al consumismo desplegada por la publicidad, la exaltación idolátrica del dinero, el canto de sirena de la drogadicción, y el efecto insensibilizador de la violencia que presentan, a guisa de información o de entretenimiento, los medios masivos de comunicación.

Por mucho que la actividad de los medios informativos se enmarque dentro de un sistema que da prioridad a la generación de beneficios económicos, siempre quedará espacio para tomar en cuenta, en su funcionamiento, algunos valores fundamentales. No hablo de ética. Me refiero a valores universalmente aceptados, valores a los que difícilmente dejarían de adherirse los gobiernos, los partidos políticos, las instituciones privadas, las religiones, las empresas o los individuos. En primer lugar, el respeto a la vida, detrás del cual podrían venir todos los otros: el respeto a la diversidad, la prédica de la no violencia, la solidaridad, la paz, la igualdad, la justicia.

Como hipótesis, la excesiva exposición de las personas, especialmente los niños, a hechos violentos, reales o ficticios, las insensibiliza en relación con la violencia e inclina a muchas de estas personas a ignorar el valor fundamental del respeto a la vida. En torno a este tema existe un debate en el que no todo se ha aclarado. Pero al menos podemos estar de acuerdo en que basta con la plausibilidad de la hipótesis para que todos nos sintamos obligados a pronunciarnos y a actuar en ese campo.

No espero que los medios masivos de información y de entretenimiento se conviertan algún día en anodinos muestrarios de beatitud, exentos totalmente de alusiones ala violencia. ¿Cómo podría informarse a la humanidad de hoy y de mañana sobre los horrendos crímenes del nazismo y del staIinismo sin mostrar la abundante documentación visual de sus horrores? Evidentemente, hay una gran diferencia entre exhibir la violencia con el fin educativo de provocar la repugnancia que merece, y exaltar sistemáticamente la violencia, real o imaginaria, hasta el punto de convertirla en insensibilidad o en motivo de emulación.

Aun en el supuesto de que en los medios sea imprescindible una alta dosis de violencia, a los responsables les quedaría siempre la posibilidad de intentar la equilibrada presentación de lo que podríamos llamar la contracultura de la violencia. Hasta el momento, en América Latina no son visibles los esfuerzos por presentar en los medios una réplica sistemática al heroísmo de la violencia.

Creo que, sin omitir la objetividad informativa, la prensa puede actuar en el sentido de señalar a la humanidad aquellos peligros que la propaganda, la publicidad engañosa y la indiferencia logran mantener ocultos hasta cuando ya no es posible evitarlos.

La libertad de prensa adquiere, en nuestra época, una importancia sin precedentes, gracias al poder de penetración que han adquirido los medios de comunicación social. Sin duda alguna dado el poder que, por esa razón, han alcanzado los medios de difusión de masas, sin el ejercicio responsable y amplio de esa libertad, todas las otras libertades esenciales corren peligro de desaparecer. Cada uno de los derechos ciudadanos, por mucho que la ley lo garantice, es susceptible de ser conculcado, por error o por mala fe de quienes posean el poder político y económico. Pero la posibilidad de restitución del derecho cercenado es mayor ahí donde una prensa libre permite la denuncia, la puesta en duda y el debate. La prensa libre es, por lo tanto, sustento básico de todas las libertades.

Ciertamente, el periodismo se ha convertido en un arma contra la corrupción y la impunidad. Ustedes son periodistas y, de allí que ostenten un poder extraordinario. Quiero, entonces, su venia para sugerirles que den una lucha frontal contra la corrupción porque, dentro de cualquier intento por darle a nuestro futuro una meta y un sentido, debe figurar la lucha por la transparencia, la veracidad y la credibilidad de quienes dirigen la vida política y económica de nuestros pueblos. Cuando señalamos que el futuro nos exige una ética, aludimos sin duda alguna a la grave perversión de que se ha hecho víctima a la democracia. La corrupción socava la democracia y la impunidad la destruye.
La corrupción no consiste únicamente en utilizar el poder político para el enriquecimiento personal no legítimo. La corrupción es mucho más que la colusión entre servidores públicos y empresarios, o entre servidores públicos y delincuentes, para sacar ventajas ilegales o moralmente cuestionables. Hay otras vertientes de la corrupción que no están expuestas a la sanción legal y no siempre, ni en todos los lugares, se someten al escrutinio de la opinión pública.

Hay corrupción en la renuncia de los gobernantes y de los dirigentes políticos a ejercer la función educativa que les corresponde en una democracia. El doble lenguaje; el decir a los gobernados sólo lo que estos quieren oír; el no llamar, por mero cálculo electoral, a las cosas por su nombre, son prácticas que corrompen y degradan a los individuos, a las sociedades y al sistema democrático.

Es corrupción interpretar que una carrera política es exitosa sólo si siempre se ganan las elecciones, aunque para ello haya que ocultar la verdad, o reservarla para el momento electoralmente oportuno, sin que importen las consecuencias del ocultamiento.

Es corrupto olvidar que la participación en la política o en el gobierno exige preparación, desprendimiento, voluntad de servir a los demás y consecuencia entre lo que se predica y lo que se practica, entre la palabra y la acción.

Hay corrupción en el político o en el gobernante que confunde sus intereses personales con los intereses del Estado y de la sociedad.

Hay corrupción cuando los gobernantes y los políticos utilizan el reparto de privilegios y canonjías para despojar a los partidos políticos, así como a otras organizaciones civiles, de sus principios éticos y de su fortaleza intelectual.

Un reto básico para los latinoamericanos es restituirle a la democracia la capacidad de descubrir y erradicar todos los matices de la corrupción. Tenemos por delante la tarea de educarnos mutuamente para no olvidar que, no sólo los gobernantes electos, practican o propician la corrupción.
También puede ser responsable de corrupción el elector que, por indiferencia o por cinismo, eleva al gobierno al político corrupto o evidentemente corruptible. Corresponde al elector buscar en el eventual gobernante honradez, aptitud, capacidad, veracidad y respeto por esos valores. Porque quien carece de valores y sólo ambiciona el poder, estará siempre dispuesto a pervertir los instrumentos de la democracia con tal de alcanzarlo. La demagogia, que suele nutrirse de ofrecimientos incumplibles y de verdades a medias, también acaba por corromper a las multitudes. Y quien se corrompe en el aturdimiento multitudinario, corre el riesgo de ser irreflexivo en la intimidad del recinto electoral.

No todas las democracias destruidas fueron sepultadas por los golpistas o los insurrectos. El sufragio es un derecho, pero muchos ciudadanos olvidan la obligación de ejercerlo con responsabilidad. Éste no es un problema particular de la democracia latinoamericana. En las elecciones parlamentarias celebradas en marzo de 1933 en la patria de Beethoven, de Goethe y de Thomas Mann, el Partido Nacionalsocialista obtuvo legítimamente una aplastante mayoría. Así quedó abierto el acceso de Hitler al poder absoluto, el más corrupto de los poderes.

Amigas y amigos:

En muchos lugares de nuestro continente constatamos que un alto grado de impericia policial, de indiferencia ciudadana, de ineficiencia judicial y de falta de voluntad política, entorpece ?o hace imposible? el esclarecimiento de algunos delitos. Surge, ante nosotros, la sospecha de una agobiante urdimbre de irresponsabilidad, corrupción e impunidad dirigida a negarnos a todos el derecho de informar y de ser informados. No es éste el caso de Costa Rica. En las últimas semanas, la Fiscalía General de la República y la prensa nacional costarricense han hecho contribuciones extraordinarias al combate contra la corrupción, ya que han dado a conocer graves denuncias que involucran a altos jerarcas de instituciones públicas, dirigentes políticos, ex presidentes de la República y particulares.

En estos momentos la nación costarricense se encuentra asediada por la incertidumbre; sometida a graves experiencias sociales y políticas que apuntan, en muchos aspectos, a debilidades y carencias de orden ético y espiritual de las personas. Si bien es cierto que, en el ámbito global, la humanidad se enfrenta a retos y amenazas sin precedentes, de los cuales no se puede sustraer sociedad alguna, no lo es menos el hecho de que el panorama nacional se encuentra ensombrecido por síntomas de descomposición y desaliento que nos eran, en lo interno, muy poco familiares.

En este inicio del siglo XXI experimentamos la impresión de que se encuentran en peligro muchas de las virtud des de la sociedad costarricense que, hasta hace poco tiempo, el resto del mundo reconocía como dignas de ser imitadas; como credenciales que nos conferían, pese a nuestra pequeñez geográfica y demográfica, un gran liderazgo moral entre las naciones.

Nuestra democracia parece haber perdido credibilidad; la corrupción ha traído el deterioro de nuestra vida política; los valores del decoro y la honradez son sustituidos, con desconsoladora frecuencia, por el cinismo y la ambición; se observan un incremento sin precedentes de la violencia social e intrafamiliar y una disminución de la religiosidad y la conciencia cívica. Y, como el peor de los males, resultan notables el descreimiento y la desesperanza de nuestras juventudes, para las cuales los estímulos de mayor impacto provienen de un culto al dinero y al consumismo. Hemos perdido, en gran medida, la capacidad de generar en esas juventudes el entusiasmo por las ideas básicas de la previsión, la solidaridad y la compasión.

Sin embargo, tengo fe en las reservas de orden cívico y moral de mi pueblo, que Ie permitirán recuperarse, en corto tiempo, de la incertidumbre. En efecto, como lo destacaba Marcela Sánchez de The Washington Post el pasado 7 de octubre: "La forma en que Costa Rica ha manejado esta crisis continúa distinguiendo a esta nación... La medición que del país se haga dependerá de como revierta la crisis en un cambio positivo".

Tengo fe en que la sociedad costarricense será estimulada a recuperar la virtud de la previsión, entendida ésta como la capacidad para velar responsablemente por la suerte de las futuras generaciones, y para comprender que el descuido, el dispendio y la improvisación en los que hemos caído constituyen una abierta agresión contra la calidad de vida de nuestros descendientes.

Tengo fe en que la sociedad costarricense sabrá integrarse al inevitable proceso de globalización con aplomo y confianza, pero conservando las grandes virtudes, en particular el sentido de solidaridad, que han caracterizado a nuestra nación desde su nacimiento.

Tengo fe en que nuestra prensa ha de permanecer libre y vigorosa, como corresponde en un régimen de libertad y democracia como el nuestro. Pero la libertad debe ser responsable. En particular durante esta etapa crítica como la que experimenta hoy nuestro país.

No lamento el poder que tiene la prensa. Lamentarlo sería como lamentar el haber recibido alguna vez, por mandato del pueblo de Costa Rica, las potestades del cargo de Presidente. Pero, a diferencia de aquel poder temporal y bien definido por las normas constitucionales, el poder del periodista es permanente y, debe someterse, voluntariamente, a ciertos límites. Esos Iímites deben ser el amor a la verdad, el respeto a la libertad y el respeto a la dignidad de los demás seres humanos.

Todos conocemos el inmenso poder de los medios de comunicación. La prensa, la radio y la televisión pueden ser herramientas o armas, según sea el uso que se les dé. Pueden agigantar la imagen de un hombre o de un país o sumirlos en la aviación. Sin duda alguna, el producto del comunicador social se traduce en cambios de conducta de los receptores de su mensaje. Si el poder de la prensa se utiliza racionalmente, la sociedad se verá favorecida; si se utiliza con irrespeto y de forma irreflexiva puede provocar el desastre social. Una prensa libre y objetiva no es cosa fácil. Frente a la noticia, el periodista debe optar por la actitud responsable y seria y no por el trato frívolo, debe prevalecer siempre el análisis sereno e inteligente sobre el comentario superficial y baladí. Debemos utilizar la libertad de expression con toda responsabilidad.

Finalmente, permítanme un comentario sobre el deber periodístico del disentimiento, aun cuando a veces éste sea tachado de provocación. No basta con simplemente enumerar los problemas del mundo y ofrecer enseguida una que otra solución superficial. Debemos disentir de un orden internacional que, a lo sumo, ofrece soluciones para los síntomas y elude la búsqueda de una cura para los males que afligen a la mayoría de los seres humanos. En palabras de Robert Kennedy:

Disentimos del hecho de que millones se hallan atrapados en la pobreza mientras la nación se hace cada vez más rica.

Disentimos de las condiciones y los odios que niegan la plenitud de la vida a nuestros conciudadanos tan sólo por el color de su piel.

Disentimos de la absurda monstruosidad de un mundo en el que hay naciones que consideran seriamente la posibilidad de destrucción de otras naciones, y en el que los seres humanos deben matarse los unos a los otros. Disentimos del espectáculo de una minoría de la humanidad obligada a vivir en la pobreza, agobiada por la enfermedad, amenazada por el hambre, y condenada a una muerte temprana después de una vida de trabajo infatigable.

Disentimos de las ciudades que enajenan nuestros sentidos y convierten la vida cotidiana en una ímproba batalla.
Disentimos de la deliberada e irresponsable destrucción de lo bello y lo placentero de la naturaleza.

Y disentimos de todas las estructuras tecnológicas y sociales que privan al individuo de la dignidad y de la satisfacción de compartir tareas comunes con su vecindario y su país.
La disensión a la que se refiere Robert Kennedy exige fortaleza, dedicación y sacrificio. La disensión no es solamente estar en desacuerdo: es el intento efectivo por cuestionar el status quo. Es función del periodista oponerse a todo intento por ocultar a los ciudadanos informaciones y opiniones que pudieran capacitarlos mejor para la toma de decisiones cívicas. Siempre será valida la advertencia de que el temor a la libre divulgación de las ideas es, en la democracia, seguro síntoma de debilidad y preludio probable de la represión. Hágase callar la voz de una mujer o de un hombre y ya se habrá iniciado el camino hacia el silencio de todos, incluido el de los periodistas. Imponer restricciones sobre nuestros pensamientos o empeñar nuestros valores e ideales es socavar la base de todas las demás libertades. Y la libertad de pensamiento y de acción, es el don más preciado que un hombre pueda tener pues, tal y como Ie dijo don Quijote a Sancho Panza:

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra, ni mar encubre: por libertad, así como por honra, se puede y debe aventurar la vida... que las obligaciones de las recompensas, de los beneficios y mercedes recibidas, son ataduras que no dejan campear el ánimo libre i Venturoso aquél a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que Ie quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!".

Muchas gracias.


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